martes, 31 de marzo de 2020

Cap 12 - Continuación del precedente


Un día dijo el Salvador a la misma Santa Margarita que sus temores le impedían avanzar en la perfección. No retrocedáis, pues, en vuestro camino por esas pequeñeces, si vuestro amor es sincero; ni penséis que Dios lanzará los rayos de su cólera sobre vuestra alma por todo pecado leve que cometáis.

"Hijas mías, decía Santa Teresa de Jesús, no creáis que Dios se fija en pequeñeces como lo pensáis; no dejéis que se apoque vuestro corazón, porque perderéis muchos bienes; bastará que vuestra intención sea recta y firme vuestra voluntad de no ofenderlo".

Además, tened siempre delante de los ojos este gran consejo que San Felipe Neri no cesaba de repetir a sus penitentes: "Tened confianza en el confesor, porque Jesucristo no permitirá que se engañe. El medio más seguro para romper las redes del demonio es hacer la voluntad del que debe mandarnos, así como nada es más dañoso que conducirse por sí mismo"

En vuestras oraciones pedid, pues, a Dios la preciosa virtud de la obediencia. No lo dudéis; obedeciendo habréis asegurado vuestra salvación.

A toda esta doctrina de San Alfonso, agregaremos las enseñanzas, no menos seguras y consoladoras, de otros maestros de la vida espiritual.

Los exámenes rigurosos sobre faltas ligeras indican a menudo mucho amor propio, y lejos de producir adelanto en la virtud, causan ordinariamente mayor embarazo de conciencia.

Este trabajo excesivo que se toma para aclarar las dudas, así como las inquietudes que vuelven por ello, enfrían la devoción, disipan el fervor y privan de examinar las faltas reales y los verdaderos defectos. Es máxima segura de San Francisco de Sales que, no siendo de propósito deliberado, no hay que temer mucho las faltas ligeras, cuyas ocasiones se multiplican. La demasiada aprensión sobre ellas nos arrojaría en un mar de perplejidades continuas, deteniendo nuestros pasos en el camino espiritual.

Un viajero que hace grandes jornadas, aunque a veces retroceda un poco o se aparte de la vía, llegará más presto al término que algún otro que, marchando con mil precauciones, no da paso inútil, pero camina muy despacio, con toda circunspección, viendo dónde pone el pie, para no tropezar con alguna piedrecilla que le hiera las plantas, para no levantar el polvo que pudiera ofuscarlo, y volviéndose hacia todos los senderos, se detiene en examinarlos, atormentado por el temor de desviarse un poco.

Lo que importa, pues, en este asunto no tanto es el temor de hacer pecado venial en todas las cosas, sino el firme propósito de no cometer deliberadamente ninguno.

El que tenga esta resolución podrá decirse, para obtener la tranquilidad en sus dudas: "Odio el pecado y evito las ocasiones. Mi resolución ordinaria es no cometer ninguno, aun de los más ligeros; si caigo por debilidad, al menos no tengo la costumbre. En cuanto al pecado mortal, me parece que lo aborrezco mucho más que todos los males del mundo, y es una prueba de ello la gran pena que sufro sólo de imaginarme que puedo caer en ese abismo. ¿Qué mal he hecho yo en esta circunstancia, objeto de mis inquietudes? Si soy culpable, no puede ser más que de alguna negligencia o debilidad poco advertida. Es muy improbable que haya consentido plenamente en el crimen. El hombre no pasa jamás en un instante y sin intermedio de una extremidad a otra; es imposible que en un punto caiga de las alturas de la perfección a la rebeldía contra Dios y al pecado mortal. Sólo por grados se desciende; el descenso, en verdad, es rápido a veces, pero no instantáneo. Nadie se precipita; algunos bajan solamente de Jerusalén a Jericó. Para pecar mortalmente se necesita consentimiento perfecto, y tengo razón al pensar que si en esa circunstancia hubiese tenido toda mi libertad y toda mi reflexión, el pecado mortal hubiera excitado en mí horror idéntico al que ahora me turba"

Así puede reflexionar a los pies de Jesucristo el que se siente atormentado por vanas inquietudes.

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