martes, 31 de marzo de 2020

Cap 2 - Causas del escrúpulo (continuación)

La tercera causa de los escrúpulos es el mismo Dios, y en verdad no puede ser causa positiva, en cuanto que intente los errores y las falsas ideas de los escrupulosos; más es bien causa negativa, en cuanto que retira su luz, con la cual el alma distinguiría claramente lo que es pecado de lo que no lo es, así como el sol produce las tinieblas cuando se oculta en el horizonte.

Así es como muchos santos se han visto grandemente atormentados por interiores angustias. San Buenaventura, por ejemplo, fue tan combatido por los escrúpulos, que algunas veces dejo de celebrar por varios días. San Ignacio, por la misma causa, resolvió abstenerse de todo alimento hasta que Dios se dignase de apaciguar las terribles tempestades de su alma. Estuvo ocho días sin comer ni beber; pero increpado por su confesor, hubo de consentir en tomar alimentos y proceder en adelante con más prudencia.


Santa Lugarda fue igualmente atormentada por crueles escrúpulos; entre otras cosas, le acontecía repetir dos y tres veces la misma hora canónica, y a pesar de todos sus esfuerzos no quedaba tranquila ni satisfecha.


Pero el Dios misericordioso y justo permite este género de pruebas en las mejores almas, por muchas razones: la primera, para purificarlas de sus defectos, porque de justicia es que con excesivos temores satisfagan por la culpable libertad que concedieron antes al corazón y a los sentidos.


La segunda, con objeto de consolidar en el espíritu el temor a los pecados verdaderos por medio del exagerado temor a los aparentes. Es indudable que quien tiembla a la sombra de pecado, más ha de temblar a la vista de una falta cierta.


La tercera, para humillar el espíritu manteniéndolo en la poca estima de sí mismo. Nada es, en efecto, más humillante para alguno, sobre todo si es de clara inteligencia, como el verse ocupado, cual si fuese niño, en cosas que nada valen, sin poder desembarazarse de ellas. Entonces se ve y se palpa la profunda miseria.


La cuarta, para adquirir la paciencia, la abnegación del propio juicio y otras virtudes. En este estado de perplejidad, si quiere obrar con rectitud, el alma se ve obligada a someterse sin vacilación alguna al régimen de otro, a soportar con paciencia innumerables angustias, y a violentarse para proseguir en la práctica de la virtud.


Estos son los signos para conocer si los escrúpulos provienen de una especial permisión divina, para la purificación de las almas; mas como gozan de auxilios particulares, resulta que a pesar de sus escrúpulos, aun sin darse cuenta, continúan avanzando en el camino de la perfección. Se les ve además huyendo por doquiera del pecado y del peligro de cometerlo; son más obedientes que los otros escrupulosos, y más constantes en los ejercicios de piedad.


Por último, los escrupulosos de esta especie no son perpetuos: la agitación, el vaivén del espíritu produce el mismo efecto que la tempestad en los mares: cuando se han purificado de sus manchas y se afirman en ciertas virtudes, vienen poco a poco, y a veces muy presto, calma y tranquilidad plenísima.


Concluiremos este capítulo transcribiendo los consoladores párrafos siguientes de “El Espíritu de San Francisco de Sales”:

“Decís que desde que emprendisteis vida más ajustada os sobrevino multitud de escrúpulos que os roen y devoran; y vuestras imperfecciones, que a juicio del confesor pueden compararse a los mosquitos, os parecen elefantes de pecado a causa de vuestra infidelidad a las gracias de Dios.
No irritéis vuestra dolencia. El escrúpulo no hace más que enconar estas llagas restañándolas. Se complace en eso, pero al fin la comezón le atormenta. es, sin embargo, de buen augurio que aparezcan cardos y espinas en terreno nuevamente desmontado: esto es claro indicio de su fuerza, y por consiguiente, de su futura fertilidad.
Buen augurio es que el alma, al comenzar su vida devota, sea víctima de los escrúpulos: esto indica que la gracia imprimió grande odio al pecado, pues que su sombra basta para infundir espanto. 
Es signo de curación, puesto que después de gravísima fiebre sobrevino la inflamación de los labios; la naturaleza arroja fuera el calor que turbaba la armonía del temperamento y de los humores.
Vos lo decís: ‘A pesar de todo, no pierdo de vista la estrella hermosísima de la gracia ni aún en medio de estas tempestades: aunque todo se agite alrededor de mí; aunque la mar y los vientos produzcan tormentas y desastres, sufriré con paciencia por amor de Dios; no hay en todo ello más que un naufragio de caridad, del que me atemorizo por lo frágil de mi naturaleza’. Y yo os aseguro que el temor es piloto excelente que sabrá vencer los escollos en el esquife de vuestro corazón.
El consejo de los consejos es tener quien con rectitud os aconseje.
Vuestra alma se encuentra en poder de un director cuyos labios guardan la ciencia y la salud. Si os sujetáis a sus sabias amonestaciones, muy presto os veréis libre de esas heridas que desgarran la conciencia; si no es así, me parecerá que hacéis bien permaneciendo en esas penas interiores, puesto que si queréis escaparos, nadie os impide que os alejéis por la puerta del buen consejo”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario