martes, 31 de marzo de 2020

Cap 27 - Pequeñas virtudes

Leyendo en la vida de los Santos las heroicas virtudes que practicaban, sentimos el desaliento y hasta llegamos a decirnos: "Jamás seré santo". Escrúpulo, error del demonio. "En la vida de los Santos, dice San Bernardo, hay virtudes que debemos admirar, sin que estemos obligados a practicarlas, y hay virtudes que podemos y debemos practicar".

Fuera de las grandes virtudes de que son ejemplo, practicaban otras muchas, pequeñas en apariencia, pero no menos meritorias. Todos han sido humildes, dulces, pacientes, celosos, caritativos, mortificados. Todo esto se encuentra a nuestro alcance. Estas virtudes, fielmente practicadas, bastarían para que fuésemos grandes santos. Dios no atiende a la cantidad, sino a la cualidad. Testigos de ello son el vaso de agua fría, el óbolo de la viuda, declarados en el Evangelio como merecedores de recompensa eterna.

Es preciso no olvidarlo: lo que merece el premio de las virtudes no es el acto mismo, sino la pureza de intención, el amor de Dios; en una palabra, la caridad que anima. Oigamos a San Pablo:

"Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles y no tuviese caridad, sería como un metal que suena o címbalo que retiñe. Si tuviera el don de profecía; si penetrara todos los misterios y todas las ciencias, y si tuviera toda la fe posible, de tal suerte que me fuese dado trasportar las montañas, sin la caridad nada sería yo".

"Y aunque repartiese mi riqueza entre los pobres, y entregara mi cuerpo para ser quemado, sin la caridad nada valdría todo esto" (II Cor, XIII, 1-3).

Tengamos, pues, un gran deseo de agradar a Dios en todas nuestras obras, y estemos tranquilos aunque no podamos practicar lo que se llama grandes virtudes. Las ocasiones para ejercitarlas no se presentan a menudo, mientras que todos los días y a cada momento nos es dable hacer actos de las menores. Por eso las recomienda San Francisco, y, además, por dos razones muy notables.

Primera, porque la atención y fidelidad en ejercerlas acumulan tesoros de riquezas espirituales por razón de la frecuencia de circunstancias propicias. La segunda, porque son menos expuestas al viento de la vanidad, que daña al fruto de las buenas obras.

"Caminamos cerca de las costas, dice el Santo, porque la alta mar nos trastorna la cabeza, produciéndonos convulsiones. Estemos como la Magdalena, a los pies de Jesús; practiquemos pequeñas virtudes, acomodadas a nuestra pequeñez. A pequeño pajarillo, pequeño nido".

Estas consisten más en bajar que en elevarse, y son, por lo tanto, propias de nuestra bajeza y debilidad. Tales son la paciencia, la dulzura, afabilidad y tolerancia con los prójimos, los servicios que les hagamos, etc.

Aunque comunes y bajas en apariencia, esas virtudes pueden elevarse hasta un grado heroico, si las practicamos con verdadera caridad. Nada de lo que se hace con grande amor a Dios es pequeño, y a los ojos de Dios no es grande nada de lo que hacemos con poco amor. Estimemos, pues, las cosas en su justo precio.

1 comentario:

  1. "Parece oportuno recordar algo que a veces se nos olvida o respecto de lo cual podemos tener ideas equivocadas. El mérito de una buena obra no depende de la dificultad objetiva de la misma sino de la intensidad de la caridad de la cual procede.
    Por este motivo la Virgen mereció más que todos los mártires juntos sin haber padecido una muerte cruenta.

    “Las obras buenas que realizamos en gracia de Dios llevan consigo un mérito sobrenatural. La dificultad de una obra no aumenta el mérito de la misma, a no ser indirectamente y per accidens, en cuanto es signo de mayor caridad al emprenderla. El mérito se toma siempre de la bondad de la obra en sí misma y del motivo que nos impulsa a practicarla.

    Santo Tomás lo explica con claridad:
    "Importa más para la razón de mérito y de virtud lo bueno que lo difícil. De donde no todo lo que es más difícil es más meritorio, sino únicamente aquello que, además de difícil, es también mejor." (S. Th. II-II, q. 28. a. 7, ad 3)

    La razón es porque el principio del mérito está en la caridad. Por eso es más meritorio hacer cosas fáciles con una gran caridad que llevar a cabo obras muy penosas con una caridad menor. Y así la Santísima Virgen, con su intensísima caridad, mereció más por los actos más sencillos y fáciles que todos los mártires juntos en medio de sus tormentos.” (Royo Marín).

    http://info-caotica.blogspot.com/2016/09/el-merito-y-el-esfuerzo.html

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