martes, 31 de marzo de 2020

Cap 35 - Algunos pensamientos de San Francisco de Sales


Pureza de intención.

Ocupándonos en cosas de la tierra, es preciso fijar los ojos en el cielo. Vivamos en este mundo como si tuviésemos el alma en el cielo y el cuerpo en la tumba. Nuestro progreso en la perfección no resulta de la multiplicidad, sino de la pureza de intención que anima nuestros actos.


Caridad.

Si la falta de otro tiene cien aspectos distintos, debemos verla según el menos humillante.


Satisfacción.

Bastante satisfacemos por nuestros pecados haciendo todo solamente por agradar a Dios.


Confianza.

Caemos a menudo sin apercibirnos de ello, y nos levantamos también sin advertirlo.

Nuestras enfermedades y miserias de espíritu no deben admirarnos; Dios ve muchas más en nosotros, y su misericordia no desdeña a los miserables; por el contrario, los llena de bienes, y coloca sobre esa abyección la sede de su gloria. ¿Qué haría Nuestro Señor con la vida eterna, si no la diese a las pobrecitas y pequeñas almas?


Cortesía.

No conviene decir a toda hora palabras melosas. Desagrada un alimento abundante en azúcar.


Libertad de espíritu.

En menester hacerlo todo por amor, nada por fuerza. Más se ha de amar la obediencia que temer la desobediencia. Ensanchad vuestro corazón.


Sufrimiento.

Más vale una libra de sufrimiento que cien libras de acción.


Tentación.

Las tentaciones no pueden dañarnos mientras les digamos: ¡nones!


Resignación.

No queráis ser otro del que sois; desead solamente ser muy bien lo que sois. Cada uno quiere amar a su gusto; pocos, según su deber y según el gusto de Nuestro Señor. Si hemos de vivir en Francia, ¿de qué nos sirve levantar castillos en España?


Faltas cotidianas.

Es preciso tener paciencia con los demás, y primeramente con nosotros. Aunque apliquemos bien la bomba al navío de nuestro corazón, nunca lograremos desalojar toda el agua del fondo.


Respeto humano.

Si el mundo nos desprecia, alegrémonos, puesto que nosotros mismos nos consideramos despreciables; si nos alaba, despreciemos su juicio, porque es ciego. Dejémosle decir lo que quiera, bueno o malo.


Conformidad con la Voluntad de Dios.

Pensad con mucha frecuencia en que todo lo que hacemos vale únicamente si nos conformamos a la Voluntad Divina. Si yo como o bebo, porque Dios quiere que lo haga, soy más agradable a él que si sufriese la muerte sin esa conformidad.


Buena Voluntad.

El ángel que anunció la venida del Divino Maestro fue mensajero de la paz, del gozo y de la dicha para los hombres de buena voluntad, para que nadie ignore que para recibir a Jesús nos basta esa disposición de ánimo, porque Él vino a bendecir las buenas voluntades, y si se dejan gobernar, presto las hará fructuosas y santas.


Humildad.

No hemos de decir palabras de humillación si no proceden del fondo de nuestra alma y si no estamos convencidos de la baja estima que expresan. Lo contrario es entrar a la gloria por una puerta falsa, y esta especie de lenguaje procede de muy refinado orgullo. El que por medio de discursos semejantes procura la gloria de que se le tenga por humilde, es como los remeros que cuando se dirigen al frente reman hacia atrás.


Pecados de lengua.

El que lograse desterrar los pecados de lengua, quitará del mundo la tercera parte de los pecados. El que no ofende por medio de la lengua, dice Santiago, es un hombre perfecto


Sequedad.

Un solo acto hecho con sequedad de espíritu vale más que muchos practicados con gran ternura, porque aquél se hace con amor más fuerte, aunque no sea con agrado.


Pecados veniales.

Con tal que nos levantemos presto, elevando nuestro corazón a Jesús y humillándonos con dulzura, no deben afligirnos demasiado las pequeñas caídas, como sean poco frecuentes. Nos detienen un poco en el camino recto, pero no nos desvían; un mirada de Dios las desvanece. 

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